Por Miguel Huezo Mixco
En las montañas de Morazán se está desarrollando un innovador proyecto educativo: el Centro de Desarrollo Integral Amún Shéa. La escuela, como le llamamos, se localiza en el municipio de Perquín —una zona rural abandonada, remota y empobrecida—. Su programa de enseñanza ha comenzado a atraer la atención de entidades en materia educativa y trabajo comunitario, inclusive del propio Ministerio de Educación.

No hace falta recordar que toda esa zona constituyó uno de los principales teatros de la guerra interna que vivió El Salvador entre 1981 y 1992. La matanza de El Mozote, perpetrada por el ejército, tuvo lugar a pocos minutos del terreno donde se levantan las instalaciones color marrón de esa escuela que aspira a convertirse en un motor del desarrollo del norte de ese departamento.

La historia de la escuela está ligada a esa guerra.

Cuando el conflicto finalizó, comenzaron a aparecer en sus picops blancos los consultores que decían traer el oro y el moro para los males que aquejaban, y siguen aquejando, a los pobladores de esa “zona cero”. Las cosas no cambiaron tanto como se esperaba. El ciclo maldito de exclusión, degradación ambiental, migraciones, falta de oportunidades laborales y ruptura del tejido social siguió su marcha.

Y bueno… La escuela.

En 1983, un carpintero oriundo de Ohio llamado Ron Brenneman, vino a Honduras a trabajar como voluntario en los campamentos de refugiados salvadoreños en Colomoncagua y San Antonio. El gringo ayudó a edificar viviendas, talleres, bodegas, caminos, sistemas de distribución de agua y energía eléctrica, y a crear granjas para la crianza de animales para alimentar a una población que había salido de sus casas dejándolo todo.

Alrededor de 1986, cuando millares de personas comenzaron a regresar de Honduras a sus lugares de origen, Brenneman se vino con ellos. Pasó dos décadas trabajando en diferentes programas de desarrollo en la zona oriental, con los consultores de los picops blancos, pero terminó desencantado.

Entonces nació la escuela.

En 2008, con un grupo de gringos y salvadoreños, medio locos, concibieron la idea de crear una escuela enfocada a las necesidades y potencialidades de su entorno, capaz de motivar un aprendizaje significativo. En aulas improvisadas, comenzó a operar la escuela que le pusieron el nombre Amún Shéa, que significa Tierra de semillas, en lengua lenca. La primera camada de niños y niñas ingresaron a kínder, primero, segundo y tercer grado. Desde entonces, cada año se ha abierto un nuevo grado escolar.

La escuela abrió clases para el primer año de bachillerato en 2016. Su primera promoción de bachilleres se graduó este año. La nota promedio que obtuvieron en la Paes los bachilleres del departamento de Morazán fue de 5.55. El promedio nacional fue 5.36. Amún Shéa obtuvo un promedio de 7.88, equiparándose con los más aventajados centros de enseñanza del país.

En 2012, cuando se realizó la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Educación Básica (Paesita), la muchachada de Amún Shéa se colocó dos puntos arriba no solo del promedio nacional sino también de los colegios privados de El Salvador, tanto en las pruebas globales como en Lenguaje y Matemáticas.

Como sabemos, la Paes ha sido muy cuestionada, incluso por las autoridades nacionales, porque hace énfasis en medir conocimientos y no es capaz de medir competencias. Sin embargo, estos resultados confirman que la mente de un niño o joven que se forma en competencias correctas podrá enfrentar sin problemas cualquier desafío cognitivo.

Amún Shéa ha venido construyendo sobre la marcha una estrategia de enseñanza y un modelo de instrucción en el que los estudiantes planean, implementan y evalúan proyectos que tienen aplicación en el “mundo real”, más allá del aula de clase. Gracias a una audaz decisión del Ministerio de Educación y al apoyo visionario de la Fundación Pestalozzi, sus métodos de enseñanza están siendo replicados desde hace dos años en otros siete centros educativos públicos del área rural, alcanzando a más de 1 mil 200 estudiantes.

Nuestros logros no siempre han obtenido la atención que quisiéramos. Sin embargo, hace dos años, cuando decidimos que era hora de saltar a la luz pública, nuestro proyecto de invernaderos —una combinación de aula de ciencias y solución para el mejoramiento de la dieta escolar—ocupó la portada de la revista Séptimo sentido, de La Prensa Gráfica.

No faltaron quienes aseguraron, con malestar, que aquella portada, en vez de utilizarse para hablar de tilapias y lechugas, debió destacar una importante investigación periodística sobre la participación de la Policía en una ejecución sumaria de civiles. Nuestro pobre país derrocha mucho talento y atención en el horror de los síntomas de nuestros problemas.

Aunque en El Salvador los índices de violencia, especialmente por la acción pandilleril, son escandalosos, en el norte de Morazán todavía se respiran aires diferentes. Sabemos, sin embargo, que nuestros muchachos y muchachas provienen de lugares donde existen otras violencias, injusticias, desigualdades y amarguras que estamos decididos a atacar con un arma sutil: la educación.

Se dirá que tenemos los valores al revés. No es un secreto. Es verdad.



*Miguel Huezo Mixco es escritor. Es Asesor delegado ad honorem de la Fundación Perquín para la Educación (PEOF), que tiene a su cargo el programa escolar de Amún Shéa.
Coordinación y textos
Óscar Luna
Guion y videos
Carla Ascencio
Fotografía
Víctor Peña y Fred Ramos
Edición
Ricardo Vaquerano y José Luis Sanz
Diseño e Infografías
Andrea Burgos
Desarrollo
Daniel Reyes