Por Carolina Rovira
Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM; 2016), 9 de cada 10 salvadoreños que ha estado en la escuela o lo está ahora, es usuario del sistema público. Cuando hablé de este dato con mi tutor de tesis, un hombre apasionado por la educación y consejero de UNESCO, me dijo emocionado: “¡Qué belleza! Un país hijo de la escuela pública”. Se emocionaba al descubrir que el sistema escolar público en El Salvador tenía la posibilidad de dejar huella en casi todos los salvadoreños.

Y yo pensé que, si acaso, se trata de un hijo huérfano, pues desde la perspectiva idealista a la escuela pública la hemos matado: como sociedad no hemos aprovechado el potencial liberador y transformador de la educación y, en particular, del sistema escolar que es un lugar común para los salvadoreños.

Nuestra escuela pública no es un ámbito de formación de capacidades cognitivas ni socioemocionales; no es el espacio de socialización privilegiado para la formación de ciudadanía; pero, sobre todo, no es el lugar donde se construyen las aspiraciones individuales y se refuerza un proyecto común de sociedad. Y, al menos para la mayoría, la escuela no cumple con su promesa de brindar herramientas para la movilidad social y el desarrollo humano.

El Informe sobre Desarrollo Humano de El Salvador (PNUD; 2014) establecía los problemas que el sistema educativo del país presentaba en su nacimiento en el siglo XVIII-XIX: pequeño en términos de cobertura, reproductor de brechas sociales, de género y territoriales, de baja calidad para las mayorías y sin el objetivo explícito de construir cohesión social.

Aunque son innegables los avances que el país ha hecho en materia educativa, persisten deudas sin saldar que se han vuelto parte del abandono histórico en que como sociedad mantenemos al sistema escolar. En parvularia y bachillerato se mantienen fuera de las aulas 3 de cada 10 posibles estudiantes; las notas de la Paes son malas y muestran las grandes diferencias que hay entre la escuela pública y la privada, o entre la zona urbana y la rural.

Además, quienes van a la escuela obtienen muy poco: con solo 7.4 años de estudio, los salvadoreños no alcanzan los 10 que se necesitan para salir de la pobreza (MINED; 2015; PNUD; 2014). Hay carencias en la docencia: solo 20% de los maestros tiene licenciatura, muchos docentes enseñan materias fuera de su especialización. Y también en la infraestructura: 1 de cada 5 aulas están en mal estado, 7 de cada 10 escuelas están sin biblioteca o centro de cómputo. Todos estos problemas son más fuertes en la zona rural, la más abandonada (MINED; 2015). Y la inseguridad ha vuelto las escuelas un espacio de peligro: una de cada cuatro escuelas tiene problemas de seguridad interna y dos de cada tres se ven afectadas por la presencia de pandillas en la comunidad.

Todos estos problemas nos llevan a preguntarnos si la escuela pública ha muerto. Quizá aún no, pero agoniza por la apatía de la sociedad y la desidia de los gobiernos. Si quisiéramos un país diferente —productivo, innovador y en paz— no me cabe duda de que el lugar privilegiado para construirlo es la escuela pública. También estoy segura de que, si hay intereses que se lucran de la corrupción, la baja participación política, la apatía ciudadana y la violencia, abandonar la escuela pública es la apuesta segura para perpetuar el statu quo.



*Carolina Rovira es Doctora en Educación. Actualmente es coordinadora de la Fundación para la Educación Superior (FES) de la ESEN y fue Coordinadora Académica entre 2012 y 2016 del Informe sobre Desarrollo Humano de PNUD en El Salvador.
Coordinación y textos
Óscar Luna
Guion y videos
Carla Ascencio
Fotografía
Víctor Peña y Fred Ramos
Edición
Ricardo Vaquerano y José Luis Sanz
Diseño e Infografías
Andrea Burgos
Desarrollo
Daniel Reyes