Por Zoila Recinos
La Prueba de Aptitudes y Aprendizaje de los Egresados de Media (Paes) tiene 20 años de venirse implementando en El Salvador, y en todo su recorrido los resultados globales no han superado la nota de 6. Entonces, ¿porqué sigue siendo noticia nacional el mismo resultado después de 20 años? ¿Por qué seguimos hablando del resultado y no del proceso? ¿Qué implicaciones tiene para 20 generaciones de estudiantes el titular “Bachilleres reprueban Paes”? ¿Y qué significa para una sociedad como la nuestra?

La Paes sigue siendo noticia aunque predecimos los resultados. Algunos, incluso, esperan con morbo oscuro poder decir frente al televisor “otra vez fallamos”. Como si de orgullo nacional se tratase hemos normalizado el fracaso, vamos al partido de fútbol sabiendo desde el primer minuto que perderemos. Este sentimiento generalizado de fracaso se confirma en muchas formas, pero lo hemos legitimado cada año con estos resultados. Jóvenes de hombros caídos, voz entrecortada y manos sudorosas hacen fila para dejar su currículum y enfrentar su primera entrevista laboral, o simplemente entregar los documentos en la ventanilla de la universidad, con el reciente orgullo de ser una generación más que aplaza la Paes. Lejos de ayudarnos a mejorar el sistema educativo, la prueba se ha consolidado como una especie de humillación pública colectiva, como ritual de bienvenida a la edad adulta. En los círculos de confianza, entre amigos, todos los que hemos pasado por la Paes decimos: “Yo salí bien, pero hay compañeros míos que la dejaron…”, intentando encubrir la evidente verdad.

La crítica acerca de la calidad de la prueba o la posible conveniencia de dejar de hacerla es apenas la superficie del iceberg. Ninguna prueba, por sí misma, va a medir la calidad educativa de un sistema. Sin embargo sí debe mostrar resultados en áreas específicas y debería permitir su análisis para tomar decisiones. En esta segunda parte es en la que se pone en duda la capacidad del actual sistema educativo salvadoreño para entender los resultados y hacer algo productivo al respecto. Lejos de ello, las apuestas de inversión han obedecido a otras lógicas, desvinculadas de los resultados de la Paes.

Al final, usamos la misma fórmula y esperamos cambios distintos. Para evidenciar esta incoherencia recordemos que la prueba ha sufrido múltiples cambios a lo largo de su implementación pero el currículum de las asignaturas evaluadas no ha sufrido ninguno, y mucho menos la manera de mediar el aprendizaje en los centros escolares.

Seguimos enfocando la mirada en el resultado, mientras la investigación nos dice que, en educación, lo que realmente cuenta es el proceso. Por ejemplo: aún no sabemos cómo están leyendo nuestros niños y niñas en tercer grado. Y cuando digo “cómo están leyendo” no me refiero solo al silabario, sino a su capacidad para leer un texto adecuado a su nivel de lectura y poder pensar o cuestionarse sobre lo que están leyendo. No sabemos cuántas y qué habilidades de lector tiene un estudiante en sexto, noveno o primer año, así que la escuela sigue perpetuando el analfabetismo funcional cuando en la base de la prueba está el “saber leer”, es decir, la comprensión lectora de textos informativos y literarios.

“Yo me saqué 10 en el cuaderno”, me dijo Gisela, vendedora en una terminal de buses de Sonsonate. “Es que a mi hija le dejaron pasar (transcribir) los folletos al cuaderno y ya cuando estaba bien cansada me puse a ayudarle. ¡Yo me saqué el 10!” De alguna manera, muchos docentes salvadoreños siguen convencidos de que, para aprender, los futuros bachilleres deben transcribir enormes cantidades de información a sus cuadernos como garantía de aprendizaje, invirtiendo su tiempo y desperdiciando su natural curiosidad en una práctica que sabemos que no desarrolla ningún aprendizaje complejo.

Sin hablar de la natural propensión al peligro durante la adolescencia (Siegel, 2013). En El Salvador los jóvenes están siendo víctimas de violencia homicida, frecuentemente perseguidos por pandilleros o por policías. Ser joven significa, en muchos municipios del país, mantenerte encerrado en tu casa o arriesgarte a no regresar a ella. Ante esta persecución el cerebro humano se mantiene en alerta permanente, y gracias a la neurociencia sabemos que el miedo es una de las emociones menos amigables para propiciar aprendizajes. En estas condiciones asisten a clases muchos de los “bachilleres aplazados” que escondemos detrás de la nota de PAES. Deberíamos pues medir, y aplaudir, su nivel de resiliencia diaria para regresar a la escuela aun sabiendo que no aprenderán mucho y que lo que aprendan les servirá de poco.

¿Cuándo vamos a publicar que ese mismo joven que hoy sacó cinco es el mejor portero de su colonia, o el más amigable en la catequesis? ¿Cuándo vamos a publicar que ese cinco que se sacó Miguel fue después de escuchar a sus padres discutir todas las noches? ¿Cuándo vamos a presentar a los mejores youtubers por municipio, o los mejores blogueros sobre patinetas?

Ser adolescente implica por naturaleza vivir en una tormenta cerebral en la que los cambios son bruscos y constantes. Todas las generaciones hemos pasado por esos cambios. Sin embargo, las actuales están siendo perseguidas frente a nuestros ojos y muchos, penosamente, ni siquiera tendrán la oportunidad de enfrentarse a la temida PAES.



*Zoila Recinos es Directora de programas educativos de la Organización No Gubernamental Contextos.
Coordinación y textos
Óscar Luna
Guion y videos
Carla Ascencio
Fotografía
Víctor Peña y Fred Ramos
Edición
Ricardo Vaquerano y José Luis Sanz
Diseño e Infografías
Andrea Burgos
Desarrollo
Daniel Reyes