Por Héctor Lindo
Ante los problemas del sistema educativo salvadoreño es inspirador escuchar las palabras de nuestros líderes, uno siente la confianza de estar en buenas manos. Nos dicen con claridad que perciben la importancia de tener una ciudadanía educada y la necesidad de comprometer los recursos del Estado para mejorar el sistema educativo. Al escuchar los discursos de nuestros gobernantes nos llenamos de esperanza de que en cuestión de pocos años la niñez salvadoreña recibirá la formación que merece.

Para muestra un botón. Nuestros líderes nos han asegurado que (1) "el ejecutivo continúa dando excepcional importancia a los problemas relacionados con la educación". Esto es muy importante, las altas autoridades concluyen que (2) "Es necesario (...) emprender una campaña más gloriosa que la de la independencia: la educación republicana de las masas". No cabe duda que (3) "la educación pública" merece la más alta prioridad. Es por eso que el Estado está (4) "empeñado en ofrecer mayor y mejores oportunidades educativas a la población". Hay conciencia de que (5) la educación "debe impulsar la capacidad productiva del país y mejorar nuestras instituciones económicas, sociales, políticas y científicas". Todos sabemos que (6) En "las escuelas y en los centros educativos está el futuro ... Es la educación la vía más indicada para forjar en nuestra población una conciencia cimentada en valores humanos". Es más, (7) "las miras educacionales deben estar dirigidas al completo desarrollo del individuo dentro de una democracia completamente industrializada". Los hombres de Estado están conscientes de que la educación llevará a (8) "una mayor prosperidad a nuestra patria, proporcionada por hombres de más amplios mirajes". En fin, (9) "la instrucción pública es el cimiento de las buenas instituciones sociales".

La ciudadanía puede descansar, las cosas están en buenas manos. Bueno, tal vez no. Analicemos un poco el párrafo anterior. Cada una de las afirmaciones entre comillas parece ser perfectamente aceptable denotando una apreciación lúcida de la importancia de que salvadoreñas y salvadoreños tengan acceso a buenas escuelas. El problema es que el párrafo anterior se construyó con discursos de nuestro liderazgo en diferentes épocas entre 1829 (no es error, ocho años después de la independencia) y enero de 2017. Es más, la secuencia de citas textuales está organizada al azar, utilizando un generador de número aleatorios. No importa si los autores de los elevados pensamientos a favor de la educación son de izquierdas o de derechas, veteranos del movimiento de la Independencia, el mismísimo Gerardo Barrios, liberales finiseculares, el dictador General Martínez, un editorialista de El Diario de Hoy, o el presidente Sánchez Cerén, todos suenan igual. Numeré los párrafos por si alguien se atreve a adivinar quién dijo qué. ¿Qué cita corresponde al presidente Quiñónez Molina? ¿Al general Hernández Martínez? ¿Al presidente Sánchez Cerén? ¿Se nota alguna diferencia en la sinceridad, altisonancia, patriotismo, optimismo o mediocridad retórica de los diferentes autores? Para comodidad del público lector, al final de este artículo aparece la lista de los autores con el número que pertenece a la cita respectiva.

Las estadísticas oficiales y las investigaciones de El Faro nos muestran de forma irrefutable lo mismo que se percibe en la experiencia cotidiana: las escuelas salvadoreñas están muy lejos de lo que requieren las circunstancias. Inclusive los pocos casos de éxito de escuelas excepcionales nos revelan la profundidad de la problemática. Maestras y maestros con una dedicación extraordinaria han podido, en algunas ocasiones, obtener resultados positivos. Para lograrlo han necesitado la persistencia necesaria para luchar contra la burocracia, obtener apoyo de entidades privadas o de agencias gubernamentales fuera del Ministerio de Educación (FISDL, FOMILENIO). Además del tiempo dedicado a tocar puertas y escribir proyectos tienen que organizar sus clases y coordinar al equipo docente. Además, tuvieron suerte. Quien esté a cargo de la dirección de un recinto escolar tiene que trabajar con el equipo que le toca; si tiene buena fortuna, es un equipo sano. Al terminar el año de labores y ver que los estudiantes han logrado buenas notas en la Paes, no hay seguridad de que va a haber ningún reconocimiento conmensurable con el esfuerzo. Tal vez reciban un bonito diploma, o un bono a sabiendas de que muchas otras escuelas con mucho menos mérito recibirán algo similar. También es cosa de suerte la localización de la escuela, la educación no se imparte en un vacío. ¿Qué se puede lograr en las aulas si la población está invadida por las pandillas y los estudiantes llegan a la escuela con miedo o a meter miedo? ¿Qué se puede lograr si la población es tan pobre que niñas y niños llegan con hambre o se ausentan con mucha frecuencia? ¿Qué ocurre si la disciplina sufre porque el estudiantado viene de familias disgregadas por las migraciones? ¿Si no hay una familia que proporcione el apoyo y la estructura necesarios para rendir bien en la escuela? En estos casos ni la escuela con los mejores recursos humanos y físicos tiene buenas probabilidades de triunfar. En circunstancias ideales tendríamos un sistema (con énfasis en el aspecto sistémico) que destina a docentes con buena preparación a trabajar en un local digno, utilizando buena pedagogía, con los recursos didácticos pertinentes para impartir lecciones basadas en programas de estudios actualizados. Al llegar al aula los docentes encontrarían a estudiantes bien alimentados que al regresar a su hogar llegarían a un ambiente adecuado para hacer sus deberes y descansar. Al terminar el año escolar existiría la satisfacción de que el trabajo bien hecho sería reconocido de una manera proporcional al esfuerzo.

Nos debemos preguntar si hemos diseñado un método que asegure que todos estos elementos estén presentes. No tengo claro que en el sistema escolar salvadoreños haya nada remotamente similar a lo que existe en cualquier organización en la que se contrata a las personas más capaces, se reconoce y remunera dignamente el buen desempeño, y hay sanciones y eventualmente despidos para quienes no trabajan bien. En El Salvador el sistema de contratación de maestros no está orientado a la selección de quienes se desempeñarán mejor en el aula (que no es lo mismo que meramente tener diploma). Tampoco hay mecanismos fáciles para sacar del sistema a quienes cometen faltas graves. Pensemos en algunos problemas que han recibido mucha tinta periodística recientemente. ¿Es plausible que se desempeñe bien una maestra víctima de acoso sexual continuo por un director o un colega? Algo similar se puede decir de niñas y niños víctimas de abusos sexuales en la escuela. Además, están quienes simplemente no dan el ancho ya sea por falta de conocimientos o porque su personalidad no es ideal para la enseñanza. Los problemas de personal se agravan cuando el cuerpo docente no pasa de tres o cuatro personas. Basta con tener un elemento viciado para que se arruine la escuela. ¿Y las remuneraciones? No es necesario mencionar que no son atractivas; además, son iguales sin importar si uno se mata trabajando o si llega tarde y desaparece los viernes por la tarde.

La contradicción entre retórica altisonante y acciones pedestres no es un problema simplemente de políticos insinceros. Es un problema de las metas de la clase dominante. Cuando Francisco Galindo decía en 1874 que los esfuerzos para mejorar la educación deberían constituir "una campaña más gloriosa que la de la independencia", no se refería a la educación para todos. Para él educar era "crear hombres de bien, buenos esposos, buenos padres de familia y buenos ciudadanos". La idea imperante de la "educación para la ciudadanía" dejaba fuera a quienes no se consideraban ciudadanos, incluyendo las mujeres, los campesinos o la población de origen indígena, que él y sus amigos en la élite liberal del siglo XIX calificaba como "chusma". Para mediados del siglo XX la idea de "educación para la ciudadanía" dio paso a la "educación para el desarrollo". Esto quería decir educar empleados y operarios para un futuro más industrializado. La consecuencia fue que los esfuerzos educativos se quedaron en las zonas urbanas. La abismal brecha educativa urbana-rural no empezó a cerrarse sino hasta después de los Acuerdos de Paz. La sociedad salvadoreña comparte con los políticos la retórica altisonante pro-educación, pero a la hora de las horas los políticos reciben más aprobación construyendo carreteras que mejorando las condiciones del magisterio para que sea un grupo de profesionales con justo orgullo en sus logros. Inclusive en las decisiones estrictamente educativas, es más fácil que las autoridades reciban buena prensa en una foto entregando computadoras (aunque los estudios más científicos ponen muy en duda que las computadoras contribuyan a la calidad de la educación), que anunciando un buen sistema de formación continua o de incentivos al buen desempeño docente.

Es fácil culpar a los políticos, pero está por verse que la ciudanía ponga verdadera presión para apoyar cambios en el sistema educativo. Quedan pocas ilusiones sobre las bondades del sistema económico cubano, pero inclusive en un medio con tantos problemas, el sistema educativo es mucho mejor que el nuestro. ¿Por qué? Porque sean cuales sean sus errores, los cubanos realmente le dieron prioridad a la educación. Esa prioridad clara, sin ambigüedades ni distracciones, no la tenemos nosotros. (Distracción del día, ¿"ciudades modelo", "zonas económicas de desarrollo especial"? ¡Tal vez ahí está la solución a nuestros problemas!)

Para mientras, preparémonos para la campaña presidencial. Les aseguro que escucharemos discursos a favor de la educación con la misma sinceridad, altisonancia, patriotismo, optimismo y mediocridad retórica de los siglos anteriores.

Autores de las citas: (1) Presidente Alfonso Quiñónez Molina, 1925; (2) intelectual liberal Francisco Galindo, 1874; (3) presidente Gerardo Barrios, 1859; (4) presidente Julio Adalberto Rivera, 1963; (5) editorialista de El Diario de Hoy, 1995; (6) presidente Salvador Sánchez Cerén, 2017; (7) publicación oficial El Salvador al Día, 1954; (8) presidente Maximiliano Hernández Martínez, 1942; (9) Congreso Federal, 1829.



*Héctor Lindo-Fuentes es Professor of History en Fordham University, Nueva York.
Coordinación y textos
Óscar Luna
Guion y videos
Carla Ascencio
Fotografía
Víctor Peña y Fred Ramos
Edición
Ricardo Vaquerano y José Luis Sanz
Diseño e Infografías
Andrea Burgos
Desarrollo
Daniel Reyes