La educación de El Salvador padece enfermedades crónicas. Para comprender qué se esconde tras nuestros constantes fracasos en la Paes, El Faro te invita a analizar 20 variables en más de 5 mil escuelas públicas del país, leer el diagnóstico de expertos y hacer un recorrido a pie por centros escolares clave. ¿Nos importa cómo se educa el país del futuro?
 
 
Estudiar en El Salvador es una hazaña. Según datos oficiales, solo cuatro de cada 10 niños que entran a la escuela en primer grado llega hasta al bachillerato; y solo la mitad de esos cuatro entrará a la Universidad. Menos del 10 % de los salvadoreños que estudian hoy logrará obtener un título universitario.

El que lo haga, habrá atravesado probablemente, lo dicen los estudios y estadísticas, años de riesgo físico en uno de los países más violentos del mundo, clases en aulas deficientes, carencia de bibliotecas o laboratorios, métodos de enseñanza obsoletos y en muchos casos alimentación insuficiente.
 
Centro Escolar El Barillo
Zaragoza, La Libertad
El Barillo, en Zaragoza, es una escuela que nunca ha terminado de ser escuela. En pleno 2017 vive sumida en condiciones que, en palabras de su director, Luis Violantes, "dan lástima". Esta es la historia de una escuela que tiene una letrina para 343 alumnos, aulas en ruinas y, para no vivir a oscuras, roba la luz eléctrica.
La escuela de El Barillo fue fundada en 1945 pero su director, Luis Violantes, quita importancia a esa fecha. “En realidad nunca hemos tenido escuela”, dice tras 75 años de completo abandono. “Pregúntese usted, ¿cuántos ministros de educación han pasado?, ¿cuántos presidentes?, ¿o cuántas Asambleas Legislativas? Y todavía estamos en estas condiciones. Damos lástima”.
El centro escolar El Barillo está en el kilómetro 17 y medio de la carretera al puerto de La Libertad, en Lomalinda, Zaragoza. A pesar de su cercanía a San Salvador, El Barillo enfrenta problemas propios de un municipio sumergido en la pobreza. Según un estudio de FISDL realizado en 2005, Zaragoza tiene un índice de pobreza extrema muy bajo, de solo el 14.5 %, en contraste con Torola, que con un 60.05 % es el municipio con mayor pobreza extrema el país.
Los terremotos de 2001 derrumbaron la escuela El Barillo por completo. Fue reconstruida con ayuda del Ministerio de Educación y la alcaldía. Este año, con el exceso de lluvia, la tabla roca de una de las aulas cedió y se cayó. “Con el entusiasmo de los votos (hay elecciones municipales en 2018), el alcalde está ayudando”, dice el director.
“Yo he tenido maestros que ni escribir en la pizarra pueden”, dice el director Violantes. El Barillo, que imparte clases desde parvularia hasta tercer ciclo, cerró este año con 15 maestros. Antes eran 18 pero dos de ellos se jubilaron y otro fue transferido de escuela por el ministerio. En El Salvador hay alrededor de 44 mil docentes para 5,136 escuelas públicas, lo que deja un promedio de alrededor de 9 profesores por centro.
En el centro escolar El Barillo solo hay dos letrinas, una para 343 alumnos y otra para los 15 maestros. 1,450 centros educativos de El Salvador, cerca de un cuarto del total, aún tienen letrinas en lugar de sanitarios.
“Aun para los políticos es más beneficioso que haya gente estudiada. Habría mejor mano de obra en todas partes. Pero son bien mezquinos”, reclama Luis Violante, director de El Barillo, harto de esperar ayuda pública para mejorar las condiciones del centro.
Instituto Nacional de Uluazapa
Uluazapa, San Miguel
La Paes se ha convertido en la principal vara de medir de la calidad educativa en El Salvador, y hay quienes entrenan todo el año para pasar la prueba, como el Instituto Nacional de Uluazapa, número uno en el ranking de las escuelas públicas en 2016. Esta es la historia del instituto que presume de "luchar contra los monstruos en infraestructura" y derrotarlos una vez al año.
El Instituto Nacional de Uluazapa es la frontera entre una calle de concreto, con casas de cemento y verjas, y el camino de tierra a la zona rural del municipio, donde se suceden las champas con tendederos a plena vista. El centro, ubicado en el barrio San Juan de este municipio de San Miguel, está oficialmente, en zona urbana. Tiene 159 estudiantes, nueve maestros, y un sistema propio de tutorías y pruebas intermedias que sirvió para que el instituto tuviera la mejor nota del sector público en la Paes de 2016: 8.22.
La plaza central de Uluazapa aún tiene la seguridad y tranquilidad que muchos municipios en El Salvador han perdido. Según datos de la Policía, hasta octubre de 2017 solo se había cometido este año un asesinato en el municipio, y los maestros aseguran que la violencia y las pandillas no son un problema en el instituto. Eso ayuda a la concentración y el rendimiento de los estudiantes. “Pandilleros hubo en algún momento (en el bachillerato), pero hoy le puedo asegurar que no hay ninguno”, dice Yesenia Urbina, profesora de sociales.
El Instituto Nacional de Uluazapa imparte bachillerato general y bachillerato técnico vocacional con especialidad en contaduría. Para lograr destacar en la Paes, el centro ha llegado a dar clases los sábados. “Para prepararnos para la Paes yo trabajo tres preguntas 15 minutos antes de cada clase, y analizamos las respuestas”, dice la profesora Yesenia Urbina. “Ya nos hemos tomado horas los sábados para eso”. El Instituto estuvo el año pasado tres puntos arriba de la nota promedio nacional, que fue de 5.26.
El Instituto tiene un cafetín que en 2015 dejó ingresos de $48 mil dólares según el censo escolar de 2016. Estas ganancias, más los $18 mil dólares que el Ministerio de Educación le otorga cada año, permite funcionar al centro. El aporte gubernamental promedia $1,497 dólares al mes, es decir, $9 dólares mensuales por estudiante, $0.31 centavos al día. El presupuesto anual de esta escuela es igual al salario de siete meses de un asesor legislativo de rango alto, que cobra según Ley de salarios $2,822 dólares al mes.
El instituto de Uluazapa cuenta con inodoros, pero no están conectados a cañerías ni alcantarillas y desaguan en fosa séptica. Es una mejora reciente: antes de 2015 los estudiantes tenían que utilizar cuatro letrinas, tampoco conectadas a alcantarillas, en la parte posterior de las instalaciones.
Según el estudio “Uso de teléfonos móviles en el sistema educativo público: ¿Recurso didáctico o distractor pedagógico?”, hecho el 2014 por el Centro de Estudios Ciudadanos de la Universidad Francisco Gavidia; el 71 % de los alumnos del país ya posee teléfono celular, pero solo el 30 % de ellos dice usarlo dentro de su escuela. Según el mismo estudio, el 72 % de alumnos que poseen celular lo utiliza para hablar con su familia y un 7.7 % lo utiliza como calculadora.
En reconocimiento por haber obtenido la mejor nota del sistema público en la Paes 2016, el Ministerio de Educación entregó al Instituto Nacional de Uluazapa un diploma. El director, Erick Vargas, dice que esperaba que la Dirección Departamental le extendiera al menos una carta de reconocimiento diciendo “ustedes han puesto a San Miguel en alto”, pero esa carta nunca llegó. “Un diploma… y sin marco”, se queja. “El marco lo he puesto yo”.
Centro Escolar La Pedrera
Jicalapa, La Libertad
A nuestras brechas históricas se ha sumado en la última década la tecnológica. El MINED ha habilitado en 21 centros el Bachillerato en Desarrollo de Software, pero no basta. Esta es la historia de uno de esos bachilleratos, en el que los alumnos aprenden, entre otras cosas, a programar y diseñar páginas para Internet. El problema es que el instituto no tiene Internet.
Instituto Nacional Licda. Cándida Asunción Reyes
Anamorós, La Unión
Los docentes son la piedra angular de la educación. Esta es la historia de una directora a la que el Mined autorizó a abrir clases de bachillerato pero no le dio ni aulas ni ladrillos para construirlas. Ella pidió dinero en plazas, organizó rifas, pidió prestadas cocheras para dar clases... y ha llevado a su instituto al top 10 de la Paes seis años seguidos.
El Instituto Nacional Licenciada Cándida Asunción Reyes se llamaba hasta 2015 “Instituto Nacional de Anamorós”. A secas. Fue un grupo de exalumnos el que propuso bautizarlo con el nombre de su fundadora y aún directora, una maestra que logró que su instituto pasara de dar clases en cocheras y jardines de casas prestadas a tener no solo infraestructura propia sino instalaciones privilegiadas en comparación con las del resto del sistema público. En una zona de fuerte industria lechera, el Cándida Asunción tiene un laboratorio de lácteos construido por Fomilenio.
Todo el centro, incluidas las aulas y el salón de cómputo, tiene circuito cerrado de televisión para monitorear su funcionamiento. La directora Cándida Asunción Reyes asegura que no han tenido problemas graves de seguridad pero le pareció necesario instalar cámaras para monitorear el comportamiento de los estudiantes, que a veces saltaban el muro y se escapaban, y de los docentes. “Jamás se volvieron a perder ni cuadernos, ni calculadoras, ni lápices”, dice.
Este único instituto de Anamorós se inauguró en 1995 y 20 años después no baja de un promedio de 7 en la Paes. El centro creó el programa “Mejoremos Paes”, que incluye la decisión de cubrir todos los contenidos del programa educativo, una de las carencias que explica las bajas notas en muchos otros centros del país. La directora agrega como razón de su relativo éxito las dos horas a la semana que dedica la institución a reforzar áreas clave que se evalúan en la prueba, diseñada para medir la calidad de la educación media en El Salvador.
Las principales actividades económicas de Anamorós, un municipio de 16 mil habitantes enclavado entre las montañas del departamento occidental de La Unión, fronterizo con Honduras, son la elaboración de hamacas, la cerámica y la ganadería. Por eso, cuando en 2010 Fomilenio ofreció su ayuda a la directora, ella no dudó en pedir un laboratorio de lácteos para facilitar la inserción de sus estudiantes en la economía local.
La directora tiene en su oficina una caja registradora en la que lleva control de los ingresos que generan el cafetín, el laboratorio de lácteos y los aportes individuales de algunos padres de familia. El Ministerio de Educación le da al instituto $38,418 dólares para operaciones y funcionamiento (más la gratuidad, que sirve para pagarle a maestros y horas clases extras), según datos oficiales, de 2016, la venta de productos le dejó $3,000 dólares en el año.
Antes de que Cándida Asunción fundara el bachillerato de Anamorós, los jóvenes del municipio que no podían pagar un bus hasta Santa Rosa de Lima dejaban de estudiar después de completar noveno grado. Según datos del Ministerio de Educación, solo el 12.49 % de los centros educativos del país (641 de 5,136) ofrece enseñanza de educación media, incluyendo clases nocturnas. En la imagen, el despacho de la directora, con su retrato junto al del presidente Sánchez Cerén.
Instituto Nacional Licda. Cándida Asunción Reyes
Torola, Morazán
El accidentado camino hacia el Centro Escolar Caserío Las Anonas es solo uno de los muchos problemas de esta escuela en el municipio de Torola. Complicadas veredas, barrancos y dos aulas que no tienen una pared que las separe limita el aprendizaje de los estudiantes. A pesar de la ayuda del Ministerio con uniformes y refrigerio, los niños tienen pocos incentivos para continuar estudiando. En los últimos diez años, solo tres alumnos de Las Anonas han llegado al bachillerato.
Sólo tres de los 30 alumnos que han pasado por el Centro Escolar Caserío Las Anonas en los últimos diez años han llegado a completar el bachillerato. El cuarto bachiller del cantón Tijereta se graduará este año. La escuela imparte de parvularia a sexto grado en aulas multigrado. Este año solo tuvo inscritos tres alumnos en sexto grado y ninguno irá al Complejo Educativo Marcelino García Flamenco a cursar séptimo. “Por falta de dinero”, le dijeron los padres al director Encarnación Martínez.
Desde la calle de tierra más cercana hasta la escuela caserío Las Anonas, cantón Tijeretas, en Torola, hay por lo menos un kilómetro de quebrada por la que los alumnos y sus dos maestros deben transitar todos los días. La vereda por la que dan sus pasos es apenas un camino abierto por el agua al bajar. “Aunque llueva no se suspenden las clases”, dice la maestra Ofelia Esterlina Henríquez.
Según Encarnación Martínez, el director, hubo en algún momento un proyecto para construir una carretera que llevara hasta la escuela, pero los propietarios de los terrenos por los que debía pasar no se pudieron poner de acuerdo para autorizar la construcción. Según datos del Observatorio del Ministerio de Educación, a seis de los diez centros escolares que hay en Torola solo se puede acceder por veredas.
Los registros oficiales del Mined rezan que cuatro de los diez centros escolares de Torola tienen “mal acceso” y que a cinco solo se puede llegar “caminando o a caballo”. Cuando los alumnos son más rápidos que los maestros, tienen que esperar a que estos bajen la quebrada para poder entrar a la escuela. Según el director, Encarnación Martínez, el acceso no solo es importante por los niños, sino también porque las instituciones públicas o privadas que que quieren ayudar al centro no pueden hacerlo porque no tienen acceso. Ya les ha sucedido, cuentan, que alguien busque la escuela pero desista, creyendo que no existe.
Según el director, la escuela recibió este año $1,200 dólares de presupuesto para todo el año. Con eso no les alcanza para reparar la división de playwood que debía separar sus dos aulas, y que se cayó por la humedad y los insectos. “Se colocó un trapo. Los niños pasan de un aula a otra... es un distractor”, dice.
El director reclama que proyectos como el de la entrega de computadoras “lempitas” han llegado a otras escuelas del municipio y a manos de profesores no capacitados para su uso. “Ellos ni las quieren agarrar”, se queja. Encarnación quisiera tener en su escuela un centro de computación para que los niños, dice, “puedan conocer el mundo”.
Centro Escolar Caserío El Chagüitón
Perquín, Morazán
Esta es la historia de dos maestras que superviven en una escuela que imparte desde parvularia hasta sexto grado. A ellas les toca ser profesoras de primero, segundo, tercero, cuarto, quinto, sexto, dar matemáticas, sociales, lenguaje, ciencias, educación física… Las maestras también hacen de conserjes; y pese a todas las carencias ellas quieren más niños en su escuela.
El centro escolar del caserío El Chagüitón, cantón Casa Blanca, municipio de Perquín (Morazán) es parte del 67 % de escuelas que imparten sus clases en multigrado o grados integrados. Esto significa que en un solo salón, un solo maestro da clases a varios alumnos de diferentes grados. En El Chagüitón dos maestras dan clases desde parvularia hasta sexto grado.
El 5 de octubre, en una tarde de lluvia, la directora y maestra de cuarto, quinto y sexto grado, Betty Vigil, hizo las veces de un conserje: ordenó y cerró el recinto antes de partir. Vigil y su compañera habían programado una reunión con los padres de familia para concientizarlos sobre la importancia de que sus hijos estudien el próximo año. A pesar del café y los postres prometidos, solo seis padres de familia asistieron a la reunión.
La maestra Betty Vigil imparte la primera parte de las clases de educación física a alumnos de cuarto, quinto y sexto grado; la segunda parte fue la celebración de un partido de fútbol en el patio de recreo con una pelota de plástico. En la imagen, el primer niño a la derecha es Carlitos, un alumno que recibe clases en un grupo en el que hay estudiantes de parvularia hasta tercer grado. Carlitos prefirió la educación física a las clases de lenguaje que se impartían en otro salón.
La escuela cuenta con servicio de agua y electricidad, pero la directora Betty Vigil dice que están en el olvido de las autoridades. Ella se queja de que están rodeados de “grupos delictivos”, aunque las pandillas nunca se han metido ni con estudiantes ni maestros ni padres de familia.
El presupuesto de esta escuela es de 1,500 dólares al año para funcionamiento, según la información del Ministerio de Educación. Su directora, Betty Vigil, cuenta que hasta octubre de 2017 solo habían recibido un desembolso de 750 dólares. El dinero ha sido invertido en material didáctico y arreglos menores. El centro escolar pretende abrir una biblioteca para sus estudiantes en 2018.
Coordinación y textos
Óscar Luna
Guion y videos
Carla Ascencio
Fotografía
Víctor Peña y Fred Ramos
Edición
Ricardo Vaquerano y José Luis Sanz
Diseño e Infografías
Andrea Burgos
Desarrollo
Daniel Reyes